Horror vacui bibliotecari



Les biblioteques contemporànies han sabut superar àmpliament l'horror vacui, la por ancestral al buit, en l'espai arquitectònic que ocupen. Y es que aún hoy, nos producen cierta aprensión visual los grandes espacios vacíos y faltos de materia física o de contenido. Esta ausencia visual, muchas veces, nos inquieta profundamente, y nos traslada a nuestro ser más primitivo: la vista es nuestro mecanismo, nuestra herramienta, para analizar y controlar nuestro entorno. Dominamos nuestro entorno con los ojos, con la vista; nos pasamos la vida buscando referentes visuales para encuadrar nuestro mundo… pero cuando nos enfrontamos ante la nada, ante la ausencia total de elementos entre dos puntos concretos, entonces nos perdemos, aparece la desorientación sensorial, sensitiva y espacial. Y llega el horror.

No obstante, los edificios de las bibliotecas han sabido superar este horror vacui, en incluso lo han incorporado en el diseño y en la concepción de las bibliotecas. Y es que en una inmensa mayoría de edificios bibliotecarios podemos ver grandes espacios vacíos y que, además, se configuran como la principal y más importante zona de la biblioteca. Resulta sin duda paradójico que en el principal edificio social de nuestros días, sea justamente la imagen y  la representación más contundente de lo no-social, de la nada, su principal activo. Y es que las bibliotecas han sabido aprovechar un impacto visual positivo en estos vacíos.

Si nos fijamos detenidamente, los edificios bibliotecarios se configuran y se piensan entorno a grandes espacios vacíos. Principalmente suelen ser tres: unos grandes vestíbulos de entrada, los atrios centrales y finalmente espacios multiusos altamente flexibles. Pero veamos.

Los vestíbulos de entrada se han posicionado como el elemento de transición entre dos ámbitos: por un lado, el exterior urbano de la ciudad; y por el otro, el interior de la biblioteca y sus diferentes usos. Lo que a priori podría ser una zona muerta (las áreas de transición suelen ser no-lugares sin carácter ni uso) ha resultado ser el primer impacto positivo que reciben los usuarios, y como tal, ha recibido una especial atención por parte de arquitectos y bibliotecarios. Estos vestíbulos, grandes espacios vacíos en altura, se han llenado de personas: son, así, la principal zona de comunicación de la biblioteca. Una zona altamente transitada, y que resulta ideal para una acción social informal y que suele estar alejada de unos usos estrictamente bibliotecarios.

Los vestíbulos, claro está, también se llenan de la luz que proviene de las fachadas vidriadas… pero considero mucho más importante este aspecto en el segundo elemento vacío de la biblioteca: los atrios centrales. Es en el centro, en el corazón mismo de todo el sistema bibliotecario que se desparrama por el edificio, dónde la luz es mucho más necesaria. Este vacío también en altura se llena de luz, de luz cenital que fluye, luz orgánica que se incrusta en todas las células de la biblioteca y le da vida. Además, los atrios también se llenan, en planta baja, de usos bibliotecarios más informales: en ellos no es extraño encontrar las salas de revistas o de lectura informal, etc.

Y finalmente nos encontramos con los grandes espacios vacíos, multiusos y muy flexibles, que se esparcen por toda la biblioteca, como imagen fiel, clara y nítida de la desertización libresca de nuestras bibliotecas. Las bibliotecas sin libros nos están trayendo consigo estos vacíos: salas en las que antes había libros, estanterías… y ahora? Pues ahora, estos espacios se transforman en facilitadores de otras acciones: los libros dejan paso a impresoras 3D, a talleres de formación, a espacios para trabajar, a salas de teatro, etc… Pero sobretodo, se han llenado de acciones, de personas y de grupos de personas que hacen cosas, que innovan, que investigan, que evolucionan, y que además, lo hacen juntas; y que además, lo hacen en las bibliotecas. Y esto es algo por lo que nos deberíamos sentir especialmente orgullosos: ¡nos eligen a nosotros!

El horror vacui que se podría haber sentido, al menos sobre el papel, con la aparición y expansión de estos tres espacios vacíos, se ha transformado, o mejor dicho, los bibliotecarios los hemos sabido transformar en espacios de oportunidades, en espacios de vitalidad y en dónde mirar por el bien común. Del vacío hemos generado vida.

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