Orgullosos de nuestras bibliotecas

En medio del panorama desolador que nos rodea, un ambiente de regresión e involución social y cultural, vale la pena leer artículos clarificadores, directos, sobre aquello que es realmente prioritario e indispensable. El bien común. Es el caso de un artículo de Josep Maria Montaner publicado en El País, en que contrapone la arquitectura de vitrina, vistosa y exhuberante, y sobretodo, carísima y de escasa utilidad.
Que una parte del volumen de un edificio público flote en el aire, sin apoyos, puede ser estéticamente atractivo, pero funcional y constructivamente es discutible y tiene su coste económico.

Un coste económico desproporcionada, y por desgracia, muchas veces sin un retorno social que haya justificado esa inversión. No obstante eso, para Montaner hay una tipología de edificio público del cual hay que estar orgullosos: la biblioteca.
Cuando, en realidad, tenemos muchas obras para estar orgullosos de políticos y arquitectos: la red de 38 bibliotecas en Barcelona y más de 200 en la provincia, un auténtico éxito popular para fomentar la lectura y la cultura; los 40 interiores de manzana ajardinados y públicos, que fue rehaciendo el desaparecido Pro-Eixample; la política de centros cívicos y mercados municipales remodelados; los magníficos espacios públicos realizados por toda Cataluña; hasta llegar nuestra destacada tradición de pensamiento urbano. Una biblioteca cuesta unos cuatro millones de euros, similar a lo que cuesta construir de 40 a 60 viviendas en un edificio colectivo o rehabilitar entre 80 y 120. Calculen ahora cuántas viviendas, bibliotecas o equipamientos de proximidad se pueden hacer o rehabilitar con el dinero despilfarrado en los dos edificios citados. Por lo tanto, cuando nos manifestemos a favor de la arquitectura, dejemos claro cuál es la que defendemos y cuál la que criticamos; no vayamos a confundirnos y a confundir.

Seguramente las bibliotecas sean el edificio público y social más rendible en términos de coste/inversión. Por sólo unos 4 millones de euros, se consigue un retorno en términos de uso enorme. Son edificios llenos de vida y de personas, dónde se hacen cosas, se desarrollan actividades y se fomenta (y se mantiene) la cultura y el conocimiento. Son indispensables, y su éxito ciudadano es la principal prueba. Para cualquier ayuntamiento tener una biblioteca (o una red de bibliotecas), debería de representar un motivo de prestigio y de orgullo. Vitalizan y generan flujos comunicativos nuevos que hacen ciudad. Exactamente lo contrario a aquello que generan los barrios desiertos de promociones inmobiliarias sin compradores. No hubieran hecho falta tantísimos pisos nuevos, y seguro que con más bibliotecas (y edificios públicos de proximidad) las cosas quizás nos irían mejor. Pero claro, aquí ya entraríamos en intereses económicos; y aquí la biblioteca si que no interesa.

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