La desmaterialización de la biblioteca

El edificio de la biblioteca se descompone. Es un proceso lento, sin prisa, pero sobretodo, sin pausa. Hoy en día ya estamos viviendo un proceso de cambio acelerado en los edificios de las bibliotecas, fruto de una evolución arquitectónica sin precedentes, una auténtica revolución digital, que ha despojado a las bibliotecas de su rol tradicional basado en la conservación y la gestión del papel, para abrazar el papel tecnológico fundamentado en un acceso a la información.

En todo este proceso, como es evidente, los edificios ha sufrido una enorme y profunda transformación arquitectónica: se han abierto, se han hecho transparentes y se han dejado abrir, se han mostrado sin tapujos a su entorno urbano más cercano. Y mientras tanto, también se han vaciado de libros, dejando miles de metros lineales de estanterías sin ningún libro que sustentar. Este espacio libre, por su parte, se ha reconvertido en espacio social, de uso abierto y ciudadano. Los edificios son hoy en día auténticos puntos de encuentro urbanos, lúdicos y de conocimiento.

No obstante, pienso que hay que empezar a plantearnos si el actual modelo tipo de edificio de biblioteca será sostenible y viable en un futuro. Y pienso que no lo será. Aunque en su interior sean flexibles, modulares i adaptables a infinidad de situaciones, el edificio permanece y es necesario un mantenimiento... tiene unos costes. Pero más allá de este aspecto, hay otro mucho más importante: siguen siendo paredes, obstáculos para mucha gente. La digitalización ha roto el modelo de gestión de biblioteca del siglo XXI, i ha roto también sus edificios. Pero ahora tienen que ser los propios edificios los que den una respuesta a este nuevo paradigma social, económico y cultural que es el mundo digital (totalmente ya difuminado con el analógico). Pero, ¿cómo? Pienso que hay que iniciar un proceso de desmaterialización de la biblioteca, una deconstrucción de sus edificios en porciones más pequeñas, más flexibles, más dinámicas, y sobretodo, más urbanas. Porque es precisamente la ciudad, sus calles, sus plazas, la última frontera de la biblioteca. Las bibliotecas digitales ya han llegado a este entorno... pero el edificio no. Y es que el edificio tiene que dejar de ser edificio, para convertirse en mobiliario urbano, integrado en el paisaje de la ciudad, pero sobretodo, integrado de forma invisible en la práctica diaria de cualquier persona. La digitalización es movilidad, y los dispositivos electrónicos se han integrado silenciosamente entre nosotros, en cualquier sitio; el edificio de la biblioteca, por su parte, es poco móvil en si mismo.

Se continuarán construyendo edificios de bibliotecas, sin duda, la biblioteca será persistente y tozuda; pero si queremos sobrevivir, tendremos que romper los muros, ser más pequeños e integrarnos en las calles de nuestras ciudades.

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