La biblioteca-ciudad

Creo que habría que replantearse el modelo de construcción de edificios de bibliotecas, basado en una estratificación por estándares cuantitativos y organizado en red, si, pero a partir de unos nodos principales jerárquicos. Evidentemente, soy un firme partidario de los edificios y de sus bondades: símbolo visible de una profesión moderna, elemento de regeneración urbana y centro de atracción cultural y ciudadano... Pero pienso que quizás ya hemos llegado a un callejón sin salida, y ahora nos es urgente redefinir algunos aspectos de la gestión y la planificación bibliotecarias: pienso que los edificios y los estándares con que se construyen han quedado en buena medida desfasados. Hay que encontrar nuevas soluciones y una nueva forma de hacer las cosas, para poder encarar con garantías el futuro.

Y por otro lado, hay un tema que me parece de una importancia capital, y es del diálogo y la conversación entre biblioteca y ciudad, y la potenciación de la vertiente social y urbana del edificio. Este diálogo es cada vez más complejo de gestionar, y hasta ahora sólo se ha afrontado, creo, de dos maneras: un edificio central que canaliza un porcentaje muy alto de la conversación, y que funciona de nodo central, y unos servicios de extensión bibliotecaria, fijos o móviles, como bibliobuses, bibliopiscinas, etc. Tengo la sensación de que la relación biblioteca-ciudad es secundaria en el momento de la planificación y del proyecto, pero que una vez construido el edificio, se convierte en prioritaria, y el uso de la ciudadanía supera todas las perspectivas y los esquemas iniciales.

Y me pregunto si la integración de la biblioteca con la ciudad sólo se puede afrontar de estas dos formas, o si hay más posibilidades y más caminos por explorar. ¿Podemos encontrar más formas de gestionar este aspecto? Creo que si, y pienso que pasa por difuminar la biblioteca para toda la ciudad y por todas sus calles, hasta el punto de integrarla nítidamente en su día a día. Se me ocurren algunas ideas, y que se centran en la presencia de la biblioteca en cualquier mobiliario urbano y elemento que circule por nuestras calles. Presencia en las paradas de autobuses y los autobuses, los paneles de información turística, los taxis, los metros y las estaciones, los trenes de cercanías... Y también, por qué no, con la elaboración y la construcción de mobiliario urbano ad hoc, y aquí los arquitectos tendrían un nuevo campo para explorar. Toda la ciudad se convertiría en una biblioteca-ciudad, una biblioteca extensa y difuminada, integrada en las calles y las plazas de la ciudad. O sería una ciudad-biblioteca, donde esta está presente de forma activa en las calles de la ciudad.

Por supuesto, todas estas formas (edificio, extensión y difuminación) son claramente complementarias y no excluyentes entre sí. Cada una de las tres formas juega un papel diferente y responde a necesidades, usos y funciones diferentes e intransferibles. Y desde las administraciones y desde la profesión hay que intentar dar una respuesta válida para todos. No digo en ningún momento que se dejen de hacer edificios, no. Pero quizás estos edificios habría que hacerlos y planificarlos de una forma diferente, y estas diferencias, aplicarlas en pensar nuevos usos bibliotecarios que no pasen, necesariamente, por el uso de un edificio.

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