Miedo a definirnos

El nombre no hace al monje, ni tampoco la hace el nombre. Pero los bibliotecarios podríamos escribir un diccionario entero con todos los nombres con los que nos hemos intentado describir y escribir desde que tengo uso de razón bibliotecaria. Y parece que seguimos intentando encontrarnos: infonomista, arquitecto de la información, gestor del conocimiento, gestor de contenidos, gestor del conocimiento... hasta la más moderna de community manager. ¿Cuestión de modas? ¿De gustos? ¿O quizá es más bien una falta de firmeza y de indeterminación? Y mientras, las más "clásicas" de bibliotecario y documentalista mantienen, sin embargo, cierta buena salud. Una buena salud, sin embargo, que es más bien fruto de su peso histórico... y no precisamente por el prestigio y el reconocimiento de que gozan dentro del propio colectivo. ¿Y qué curioso es este colectivo profesional, que reniega de sus raíces, de sus fundamentos y de su peso histórico, para describirse e identificarse.

¿De qué tenemos miedo? ¿Qué nos pasa como colectivo? ¿Tenemos quizás acaso temor de asumir como propia una función, una palabra que creemos caducada? ¿Por qué nos cuesta tanto asumir que somos bibliotecarios, y que bajo este paraguas podemos añadir todo lo que haga falta? A principios de enero asistí en vivo a la enésima discusión sobre qué somos, cómo nos llamamos, qué hacemos... Un debate, como siempre, totalmente estéril y que nos hizo perder más tiempo del que disponemos. Tenemos un grave problema interno de valorización de la propia profesión, no ya sólo a nivel individual sino, y es más grave, a nivel de colectivo y de grupo con una supuesta influencia social. Personalmente llevo con orgullo la palabra bibliotecario-documentalista, y cuando me presento, siempre digo lo que soy, con naturalidad, pero sobre todo, con orgullo y convicción. Asumo toda la tradición y la historia de nuestra profesión, pero también asumo como propias todas las funciones de futuro, todas las capacidades que tenemos como profesionales, y que pienso la sociedad demanda y valora cada vez más. Obviamente, aún queda mucho camino para recorrer, pero estamos por el buen camino. Y quiero que se me reconozca como bibliotecario-documentalista, porque así me siento y así quiero que se me reconozca. ¿Vale la pena invertir esfuerzos colectivos en darnos a conocer de una forma diferente, en vez de no aprovechar el camino recorrido y cambiar la visión que se tiene de los bibliotecarios?

Quizá es que soy un idealista, o pienso en que otro mundo bibliotecario es posible, pero siempre he envidiado públicamente la implicación y la presencia de las bibliotecas y los bibliotecarios en el mundo anglosajón. Las bibliotecas son el auténtico eje central social y de la comunidad a la que dan servicio. Se deben a la comunidad, y además, creo que los profesionales tienen muy claro qué son, cómo se llaman y qué hacen... No valen excusas ni otros nombres. Y su comunidad, a su vez, los valora y los aprecia por lo que son. Hay un ejemplo que me gusta contar: el estudio de arquitectura canadiense de HCMA enseña sus bibliotecas en el apartado de Community. ¿Cómo es que aquí cuando pensamos en bibliotecas automáticamente los asociamos a cultura? ¿No hay nada más? ¿Debemos diseñar las bibliotecas del futuro sólo exclusivamente bajo parámetros de equipamiento cultural? Creo que no.

Las cosas claras, los nombres claros, pero también hay que tener bien claro nuestro nombre ante nuestra comunidad, y partir de ahí, jugar nuestro papel. Sin fisuras, con convicción y yendo de cara. Jugamos de una vez, y enseñamos nuestras cartas. Como decimos en catalán, si queremos seguir jugando a la puta i a la Ramoneta, adelante, ¡claro! ¿Pero nos interesa?

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